Fajardo @ El Reino (Cabezón de la Sal)

Por extraño que parezca, una de las características más llamativas de Fajardo no se puede observar directamente en él, si no, más bien en la forma que tienen de recibirle quienes le conocen. A Fajardo siempre se le da la bienvenida con la ilusión a flor de piel, abriendo los brazos como si un gran amigo acabara de volver inesperadamente de un viaje muy largo. No es difícil entender por qué.

Compartir paredes con esa voz y esa guitarra es una experiencia íntima capaz de enternecer al más antipático. Es posible, aunque poco probable, que si le escuchas en casa a través de un altavoz puedas pasar por alto tanta emoción, pero en directo apenas hace falta un minuto de rasgueos para que el aire se llene con esa sustancia que ralentiza el tiempo, perseguida por tantos y tantos alquimistas musicales.

Lo más curioso es quizá observar cómo el descarnado despliegue de emociones que se abre paso a través de su garganta puede generar una sensación tan acogedora entre el público. Fajardo bromeaba entre canciones argumentando que quizá en el fondo seamos todos un poco masoquistas: “si no duele, no mola” dijo entre carcajada y carcajada justo antes de arremeter con tanta fuerza sobre su guitarra que a mitad de tema una de las cuerdas se rindió.

Muchos pensarán que es arriesgado creer que puedes hacer un amigo sin dirigirle ni una palabra, pero juraría que gran parte del público que vió a Fajardo en El Reino le recibirá con los brazos muy abiertos cuando vuelva, especialmente porque a Fajardo siempre se le despide con una sonrisa cómplice, una de esas que parecen decir ¡ojala nos volvamos a ver pronto!

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