Killerkume + Ça @ The New Rock Beer

Por alguna razón no es habitual programar math-rock o noise en Santander aún siendo géneros que, por toda España y especialmente en el norte, tienen una escena nutrida y bastante tirón de público. Supongo que lo más fácil es pensar que el santanderino medio es demasiado estirado como para apreciar propuestas tan extremas como la de los bilbainos Killerkume o los franceses Ça, pero es una teoría que no me convence, especialmente dado el gusto que se respira en estas tierras por el progresivo más técnico y el post-rock aventurero.

Pero es obvio que para muchos (de aquí, de allí, de donde sea) el lenguaje musical de Killerkume puede parecer un choque frontal con la anti-música. Para quienes todavía creen que se le pueden poner puertas al campo Killerkume vienen cargados de razones capaces de arremeter contra todo lo que existe por encima y por debajo la linea que habitualmente separa la música del ruido.

Y no es que sea una propuesta novedosa; para cuando el free jazz empezó a tener repercusión en los años 60 ya existían músicos que llevaban décadas explorando técnicas libres y abstractas, pero lo cierto es que no es plato habitual en las salas cántabras. Una pena porque la libertad con la que el dúo aborda su música es contagiosa y no siempre se marcha uno de un concierto con la sensación de haber disfrutado, reflexionado y cambiado un poco la actitud hacia una perspectiva más abierta de lo que es y lo que puede ser la expresión musical.

Al revés de lo que suele suceder en los singles de vinilo, la cara-b de la noche venia ser una propuesta mucho más estudiada y directa de lo que, según se mire, podría considerarse (o no) el mismo género. Desde Francia venían Ça con un dado gigante que lanzaban al público para escoger aleatoriamente el orden del setlist. Curiosamente este fue el único gesto realmente azaroso de todo el show ya que la música de los franceses está tan radical y meticulosamente arreglada para parecer caótica que no deja lugar a engaño. Sincronizar así bajo, guitarra y batería tiene un mérito enorme, pero los “uniformes” estilo yogui se contradecían aparentemente con un ego técnico que dejaba en pañales a casi cualquier músico de progresivo del que yo tenga noticia.

Mención aparte merece el mural que Pablo Burgueño desarrolló en directo inspirado por la música de estas dos bandas, en el que la basura y lo celestial se dieron la mano para expresar, supongo, la cantidad de mierda que sacan las bandas para fuera mientras están subidos al escenario. Cuestión que aunque es común a casi todas las músicas, tuvo especial sentido viendo la energía que tanto Killerkume como Ça desprendieron sobre las tablas del New.

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